II

—No te olvides de barrer —dijo desfallecido el padre de Reiter. Un ataque de tos sacudió su maltrecho cuerpo. Se tapó la boca con ambas manos, pero Reiter pudo ver las flemas que se colaban por entre sus dedos huesudos—. Limpia... la posada...

—Lo haré, padre. Termínate la sopa —respondió Reiter.

—No puedo... no me gusta su sabor...

—Bea la ha preparado expresamente para ti esta mañana —replicó Reiter con más paciencia de la que sentía—. Tienes que recobrar fuerzas. Acábatela toda.

El muchacho cerró la puerta con firmeza y volvió a la sala común. El almuerzo se había servido varias horas antes, y ya solo quedaban tres clientes sentados a las mesas: dos mercaderes fatigados que discutían los precios del vino de Westmarch y un tipo religioso que hojeaba en silencio un grueso libro. Reiter se metió detrás del mostrador. Su mujer estaba afilando uno de los cuchillos de cocina.

—¿Te importa llevarle un poco más de té a mi padre? —preguntó Reiter—. Hoy no se encuentra muy bien.

—¿Le guardo un poco de miel? —dijo Bea con expresión compasiva.

Reiter suspiró. El precio de la miel se había disparado en los últimos meses. El mercader de Tristán se estaba demorando. Reiter confiaba en tenerlo de regreso a la semana siguiente, pero de no ser así, la posada del Oasis no tardaría en quedarse sin existencias.

—Creo que no —negó, pero al ver la mirada de desaprobación de su mujer, se apresuró a añadir—. Si nos quedamos sin miel, nuestros clientes no estarán satisfechos y tal vez se resienta nuestra reputación. Mi padre no querría que eso pasara —la expresión de Bea se endureció aún más—. Estoy convencido de que él mismo te diría que no malgastases miel si estuviera al corriente de la situación. Esta posada lo es todo para él. Es su legado —Reiter se removió nervioso durante unos instantes, y después levantó ambas manos en gesto de derrota—. Está bien. Dale miel. Pero solo un poco.

Su esposa le miró aún más airada, pero preparó el té (con una generosa dosis de miel) y desapareció escaleras arriba.

Reiter volvió a suspirar. Aunque al final había transigido, estaba seguro de que se lo echaría en cara luego. Bea parecía disfrutar haciéndolo sentirse mal sin motivo aparente.

La puerta de la posada se abrió de par en par. Unas pisadas resonaron por toda la sala común. Reiter dejó que su mirada se rezagase en las escaleras durante unos instantes y luego se dispuso a soltar su discurso de bienvenida.

—Bienvenido a la posada del Oasis, buen señor. ¿En qué puedo servirle?

—¿«Buen señor»? En fin, por lo menos es mejor que «señora» —rió una voz de mujer.

Reiter se giró. La recién llegada vestía una armadura pesada, la misma que había visto hacía ocho o nueve años. El yelmo, la coraza, el escudo, el mangual, el tabardo blanco con un símbolo de Zakarum bordado: era ella. Se quedó boquiabierto. ¿La cruzada?

—Esto... usted perdone, señora —dijo sin pensar.

Ella se rió entre dientes.

—«Señora»... Me llamo Anajinn, a secas.

—Perdón... Anajinn —respondió Reiter. ¿Así se llamaba? Parecía distinta de lo que él recordaba. Tenía el cabello más claro y más largo, la mandíbula más definida, la nariz un poco más pequeña. Curiosamente, también parecía más joven.

Advirtió las miradas de los demás parroquianos. Le reconfortó saber que no era el único que se sentía intimidado por el aspecto de la mujer.

—¿Necesita una habitación? ¿Se alojará su aprendiza con usted?

Aprendiza. Se le hizo un nudo en el estómago. En su mente afloraron imágenes de una mesa volcada y una mancha pertinaz. Sintió cómo se ruborizaba y desterró en el acto aquellos recuerdos de su memoria.

—Solamente necesito alojamiento para una persona. Todavía no he tomado a nadie como aprendiza —dijo ella—. También me gustaría consultar vuestra biblioteca.

Reiter le indicó la salida de la sala común y la condujo hacia la biblioteca.

—Desde luego. Tenemos la mejor biblioteca de... —frunció el ceño y dejó inconclusa la frase. ¿Que no había tomado a nadie como aprendiza? Anajinn tenía una la última vez que los visitó. Por otra parte, Reiter no parecía recordar con claridad aquella ordalía, así que descartó aquella idea—. La mejor biblioteca de toda Kehjistan. Sin contar la de la propia Caldeum, claro está.

Anajinn siguió al posadero, haciendo entrechocar ruidosamente las placas de su armadura con cada paso que daba.

—He estado en casi tres docenas de puestos avanzados a lo largo del desierto, y creo que tanto tu padre como tú estáis en lo cierto —dijo—. Sin duda tenéis la biblioteca más grande que he encontrado fuera de una gran ciudad. De hecho, jamás he visto ninguna parecida en otros pueblos como este.

—Fue idea de mi padre —explicó Reiter—. Reposo de Caldeum es pequeño, pero aquí hacen un alto casi todos los que vienen y van de Caldeum por la ruta del sur. Es por el oasis, ¿sabe? El último lugar en el que abastecerse de agua antes de atravesar esta parte tan inhóspita del desierto. Mi padre se percató de que había muchos peregrinos académicos y eruditos que no deseaban alojarse en la taberna que hay siguiendo el camino, de modo que abrió un establecimiento para darles cobijo —una pérdida de tiempo y esfuerzo, pensó Reiter, aunque se cuidó de no añadirlo. Se ganaba mucho más sirviendo vino y licores que ofreciendo quietud y espacio a estudiantes pobres—. Informó a los mercaderes de que estaba dispuesto a comprarles cualquier libro que pudieran conseguir.

—Tu padre. ¿Qué tal está?

—Se muere —dijo Reiter.

Anajinn inclinó la cabeza con gesto solidario.

—¿Hay algo que pueda hacer para ayudar? ¿Puedo verlo?

—Últimamente no se encuentra muy lúcido. No quisiera molestarlo con viejos recuerdos.

Anajinn le miró durante un instante.

—Como quieras —concedió. La puerta de la biblioteca estaba justo delante—. ¿Habéis adquirido libros nuevos desde mi última visita?

—Creo que sí —dijo Reiter. Él no había leído ninguno—. Hemos llegado —dijo, abriéndole la puerta para que entrase.

—Gracias —respondió ella.

Al dar un paso atrás, un mechón de su cabello rozó la mano de Reiter. Un mechón de cabellos rubios, como pudo apreciar. Entonces lo recordó todo de golpe: la maestra, la melena castaña, el nombre.

—Tú... tú no eres Anajinn. ¡Eres la aprendiza!

—Ya no —respondió ella sonriendo con sorna.

—Pero... la armadura... ¡Dijiste que te llamabas Anajinn!

—Y así me llamo —dijo la mujer.

La confusión de Reiter se convirtió en furia. Tuvo la impresión de que se estaba riendo a su costa. Otra vez.

—¡Ese era el nombre de tu maestra!

—Y ahora es el mío —dijo, aún sonriente—. ¿Tanto te extraña?

—¡Serás...! —Reiter bajó la voz—. Hablas como si fueras ella —siseó—. ¿Acaso pretendes burlarte de mí? ¿Es que no me avergonzaste lo suficiente aquella vez?

—No era mi intención faltarte al respeto. Soy cruzada. Soy Anajinn —dijo ella—. Como también lo era mi maestra. Y su maestra antes que ella.

—¿Todas os llamáis Anajinn?

—Cuando tomé el escudo de mi maestra, también asumí su causa y su nombre —explicó la cruzada.

—¿Que tomaste su escudo? ¿Por qué? ¿Es que tu maestra está... muerta? —de repente Reiter no quiso saberlo y cambió de tema—. ¿Sigues buscando libros que hablen de la ciudad de Ureh?

—No —contestó ella—. Necesito información sobre las crónicas perdidas de Tal Rasha.

—Entiendo... —aunque lo cierto era que no—. Entonces te dejaré sola —dijo, dando media vuelta y regresando apresuradamente a la sala común.

Bea le estaba esperando.

—¿Una nueva huésped? —preguntó. Reiter asintió hoscamente—. ¿Quién es?

—Estuvo aquí hace unos años. Me parece que está loca —susurró. Bea lo miró extrañada.

Reiter recogió los platos de los mercaderes y llevó un jarro de agua fresca al hombre solitario de la otra mesa. Sí que está loca, pensó Reiter mientras rellenaba el vaso del hombre hasta el borde. Nadie que esté cuerdo se apropia del nombre de otra persona y trata de vivir su vida. No es razonable. Se preguntó sin ningún escrúpulo cuánto tardaría en vender todos los libros de la biblioteca cuando su padre falleciese. Quizá fuera mejor no darle motivos a la cruzada para regresar otro día.

Una voz áspera lo sacó de sus pensamientos.

—Posadero —era el hombre cuyo vaso acababa de escanciar. El tipo religioso—. ¿Quién era esa mujer? La que llevaba armadura.

—A decir verdad, no estoy seguro —respondió Reiter, y era la verdad—. Es muy extraña.

El hombre cerró su libro con fuerza. Sobre el lomo había uno de los símbolos de la fe Zakarum que le resultaban tan familiares. Era extraordinariamente similar al sello que portaba la cruzada. Ahora que lo pensaba, aquel hombre había llegado vestido con su propia armadura, que no era muy diferente a la de Anajinn.

—¿Había estado aquí antes? —preguntó el hombre. Había algo en el tono de su voz que no gustó a Reiter.

—Una vez, hace ya varios años. Yo era solo un crío —respondió, confiando en aparentar poco interés—. Ya en aquella ocasión me pareció peculiar. No demasiado razonable, pero inofensiva —en ese momento se preguntó si no habría juzgado mal las intenciones de aquel tipo— ¿Es... es amiga suya?

—No —replicó, y comparado con su tono, el hielo era cálido—. Así que no demasiado sensata. Qué interesante. ¿Y qué me dice de usted, posadero? ¿Se considera usted un hombre razonable?

—Supongo que sí —dijo Reiter.

—¿De veras? ¿Y por qué acogería un hombre razonable a una hereje?

Reiter dio un paso atrás.

—¿Cómo?

—He visto los símbolos de su armadura. Los del tabardo. Esos no son simples piezas ornamentales —dijo el hombre poniéndose en pie y mirando a Reiter por primera vez desde su imponente estatura—. Soy paladín de la Mano de Zakarum. Erradico la corrupción y la herejía allí donde la encuentro —clavó el dedo en el pecho de Reiter, y el posadero estuvo a punto de perder el equilibrio—. No percibo la Luz en su interior. Veo algo distinto. Si sirve usted a la fe, no debe permitir que se hospede en su posada. ¿Sirve usted a la fe, posadero?

—Sí, por supuesto que sí —exclamó Reiter con voz atiplada.

—¿Entonces por qué consiente su presencia? —inquirió el paladín.

Reiter se echó a temblar ante el hombretón. Nunca había visto a un paladín tan enfadado.

—Yo honro a todos los que afirman gozar del favor de la Luz. ¿Cómo iba yo a saber lo que es? —entonces se le ocurrió una idea—. Dijo que era cruzada. Yo di por sentado que pertenecía a su misma orden. Perdóneme —suplicó, postrándose de rodillas—. Temo que mi ignorancia me haya llevado a cometer un pecado mortal. ¿Puede usted perdonarme, buen señor? —dijo, conteniendo la respiración.

Se produjo una pausa muy, muy larga.

—¿Una cruzada? —preguntó el hombre. Reiter levantó la vista un instante fugaz; el paladín ni siquiera le estaba mirando—. ¿Y por qué ese nombre...?

—No tiene más que decirlo y la echaré inmediatamente de esta posada, buen señor —exhaló Reiter. El paladín parecía abstraído.

—Sí. Dile que se reúna conmigo frente a la posada. Yo mismo evaluaré sus intenciones. Y si fuera menester, me ocuparé de ella —sentenció el paladín. Luego subió por las escaleras con pasos largos, llevando consigo su libro.

Reiter se puso en pie hecho un manojo de nervios y se enjugó el sudor de la frente. Esto es bueno, se dijo a sí mismo. Que Anajinn resolviese su disputa con el paladín. Cuanto más lejos de la posada, mejor. Oyó al paladín dando fuertes pisadas en el piso de arriba. A juzgar por los ruidos metálicos, estaba ciñéndose la armadura. Reiter se estremeció.

Pero no quería que Anajinn advirtiera su miedo. Ya lo había visto humillado por un poco de sangre y agua. No, se limitaría a pedirle que se marchase. Lo demás carecía de importancia. Era la posada de Reiter (o lo sería cuando su padre muriese), y no la quería en ella. Era perfectamente sensato.

Anajinn leía un grueso volumen cuando el posadero entró en la biblioteca.

—Anajinn, o como quiera que te llames, tienes que irte ahora mismo.

La cruzada le echó una mirada rápida y luego pasó una página, repasando el texto con un dedo enguantado mientras leía.

—He oído a alguien muy enfadado ahí abajo —dijo.

—Hay un hombre... un paladín. Dice que eres una hereje —declaró Reiter. Ella se rió.

—Seguro que sí —dijo sin apartar la vista del libro. Reiter se puso a balbucear—. ¿Ha amenazado con matarme?

—Bueno, no... Sí —admitió Reiter, tratando de mantener una voz firme—. Creo que pretende matarte. En estos momentos te estará esperando fuera.

—Qué amable por su parte enviarte para avisarme —dijo.

Y siguió leyendo. Reiter no paraba de moverse, nervioso.

—¿No vas a... enfrentarte a él?

—A su debido momento. Si aún sigue ahí fuera —respondió—. Igual se queda esperando un rato. Me queda mucho por leer. Quizá se le ocurra algo mejor que hacer.

Reiter se sentía totalmente indefenso. Sacarla a rastras parecía una mala idea. Pese a ello, decidió insistir.

—Anajinn, quiero que te vayas de mi posada. Ahora mismo —le advirtió. Ella no reaccionó de inmediato, y Reiter finalmente estalló—. ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Qué hay en ese libro más importante que un hombre que amenaza con matarte? ¡Por todos los infiernos! ¿Para qué has vuelto a mi posada?

Anajinn suspiró y dejó el libro sobre la mesa, enderezándose en la silla. Su armadura tintineó suavemente.

—Tu padre le pidió a mi maestra...

—¿A la verdadera Anajinn? ¿La primera? —la interrumpió Reiter sin pensar. Ella, sin embargo, no pareció ofenderse.

—Sí, a ella. Pero no era la primera. Anajinn emprendió su cruzada hace un par de siglos —explicó ella. Reiter pestañeó al oírla, pero la dejó continuar—. Tu padre nos hizo toda clase de preguntas sobre nuestra cruzada. ¿No te ha contado nada? —Reiter negó con la cabeza, apretando los labios con fuerza—. Entonces seré breve. Estoy buscando algo que salve a mi culto.

—¿De... de qué?

—Del declive. De la corrupción —respondió Anajinn con una sonrisa triste.

—¿Y por qué te odia tanto este paladín?

—¿Te gustaría a ti que alguien te dijera que tu religión se basa en una mentira? ¿Que está condenada a pudrirse y a causar tormentos indecibles? —dijo, soltando un suspiro— No creo que ese paladín de ahí fuera sea de alto rango. Solo los líderes de su orden conocen la existencia de la cruzada. Si fuera uno de ellos, no exhibiría tanta paciencia.

—¿Qué haría?

—Reduciría tu posada a cenizas para acabar conmigo —dijo Anajinn, y su expresión se tornó más severa—. No sé si seré capaz de disuadirle; de no ser así, lo más probable es que deba marcharme del pueblo. Así que pienso continuar con mi lectura hasta que esté lista para irme.

—¡Pero ha amenazado con matarme a mí también! —ya está, por fin lo había soltado.

Se produjo una pausa.

—¿Eso ha hecho?

—Bueno, con menos palabras...

Anajinn lo interrumpió.

—Pero te has sentido amenazado —declaró; no era una pregunta. Anajinn cerró el libro—. Entonces partiré de inmediato. No deseo que corras ningún riesgo por mi culpa. Aunque este libro —añadió, sosteniéndolo en sus manos—. ¿Estarías dispuesto a vendérmelo? Puedo pagártelo bien.

Reiter la miró fijamente.

***

Amphi podía notar cómo se agotaba su paciencia con cada latido, como granos de arena escurriéndose por el cuello de un reloj. El viento azotaba el camino que pasaba frente a la posada, fustigando su armadura con el polvo que levantaba.

—Cruzada —musitó el paladín. No recordaba dónde había oído aquel nombre por primera vez. ¿Acaso lo había leído? ¿Lo habría estudiado siendo acólito en Kurast? No. Estaba convencido de ello. ¿Entonces por qué le causaba tal inquietud su nombre? Los cruzados no gozaban de las simpatías de la orden de Amphi. Eso lo tenía claro, pero incluso esa certeza se le antojaba insuficiente. Los símbolos de su armadura habían sido grabados con esmero y veneración, no con un afán manifiesto de blasfemia. La cruzada no era ningún bufón, ni tampoco uno de esos farsantes que se pintaban símbolos Zakarum en el cuerpo y se pavoneaban por las tabernas más sórdidas.

Cennis. Aquel era un nombre en el que Amphi no había pensado desde hacía muchos años. Así se llamaba uno de sus mejores amigos en los templos de Travincal, un muchacho con una sed insaciable de conocimientos. Quizá fuera eso. Una noche Cennis se coló en el estudio de uno de los ancianos de la Mano de Zakarum y le robó un libro. Arrebatado por la emoción, le contó a Amphi todo lo que había descubierto al leerlo, cosas que no se impartían en ninguna clase. Incluso estaba un poco asustado. Había encontrado saberes prohibidos, crímenes olvidados. Escisiones en el culto. Lo curioso es que Cennis desapareció poco después, y Amphi...

¿Qué le había ocurrido a Cennis? Amphi se enfureció. Se trataba de una sensación familiar. Cada vez que pensaba en su infancia, el odio y la rabia se apoderaban de su mente. Era como si los recuerdos estuvieran sumergidos en una cloaca tóxica y cubiertos de vileza. Pronto su curiosidad dio paso a un remolino de furia, y...

La cruzada. Amphi se apretó las sienes con ambas manos y parpadeó. ¿En qué había estado pensando? ¿En un amigo de su infancia? Sí, eso era. Lo sacó de su mente. Tenía cosas más importantes en las que concentrarse.

—¿Querías hablar conmigo? —la voz devolvió a Amphi al presente. Allí estaba ella.

Amphi vio a varias personas metiéndose a toda prisa en sus casas por toda la calle. Viajeros y lugareños por igual se refugiaban en lugar seguro. Muy prudente por su parte, pensó Amphi. De repente se percató de que la mujer lo miraba extrañada, con la cabeza inclinada a un lado.

—¿Te encuentras bien, paladín? —preguntó la cruzada.

—Dime cómo te llamas —dijo Amphi—. Dime quién eres, si la maldad que guía tus pasos...

—Me llamo Anajinn. Soy una cruzada —reveló ella, enarcando una ceja—. Y confío en que podamos mantener una conversación con calma.

—Yo no negocio con el mal. Lo castigo allá donde lo encuentro —espetó el paladín.

—Bien —dijo alegremente Anajinn—. Entonces ya tenemos algo en común. Pero no creo que haya necesidad de castigar a nadie hoy. ¿Qué te aflige?

Amphi desenvainó la espada con un rápido movimiento. La mujer ni siquiera se inmutó, lo que no hizo sino enardecer su furia.

—Eres una hereje, ¿no es cierto?

—No, no lo soy —replicó ella.

—¿Afirmas profesar mi misma fe? —rugió el paladín—. ¿Afirmas rendir pleitesía a Zakarum?

—No como tú lo expones —respondió Anajinn. Hizo una pausa, y luego se dirigió a él con afabilidad—. Tenemos mucho en común, paladín. Mucho. Ambos aspiramos a lo mismo.

Amphi escupió en el suelo. ¿Por qué las palabras de aquella mujer le roían las entrañas? Apenas podía reprimir el impulso de acometerla en el acto. El deseo cada vez era mayor, pero se contuvo e insistió con la voz tensa.

—Esos símbolos que vistes son sagrados. No tienes derecho alguno de exhibirlos.

La cruzada meneó la cabeza.

—Eso no es lo que te aflige, ¿verdad? Dime qué es lo que sabes de mí.

—Profanas mi fe —respondió.

—¿Cómo?

No... lo... sé... —gruñó el paladín.

—Te diré lo que yo sí sé —declaró Anajinn— Sé que el mal puede medrar en cualquier parte. En cualquiera. Incluso en quienes afirman defender la virtud y la justicia. Sobre todo si no se andan con cuidado.

—Silencio —susurró Amphi. Su rabia comenzó a disiparse.

—Sé que el camino que te ha traído hasta aquí está lleno de pesares —continuó ella—. Sé que valoras la honradez, y sé que sospechas que hay algo que no marcha como debe en el culto. Sé que te has afanado por comprenderlo, y lo que es más importante, sé que eres fuerte, porque aún no has sucumbido por completo al mal.

—Por favor, no sigas —suplicó Amphi. Tenía razón. En todo. Había cuestionado en un sinfín de ocasiones los actos de su orden. Su mente estaba sumida en un conflicto.

—Sé que has sentido la gloria de la Luz, pues de lo contrario habrías renunciado a tus votos —dijo ella—. Y sé que la has sentido en los campos, en el mundo, entre sus habitantes... pero nunca en Travincal. Nunca en los templos de tu orden. Y sé que tú mismo sabes por qué. En el fondo de tu corazón, lo sabes. Aun cuando te hayan ocultado las respuestas.

Los ojos del paladín refulgían de dolor. Bajó la cabeza sin decir palabra. En su interior se había desatado una tormenta. Se dejó arrastrar por su furor en busca de la verdad.

Lo que vio fue una piedra. Estaba envuelta en tinieblas.

Algo cedió. Su confusión se desvaneció al instante.

Odio. El odio ocupó su lugar. Un odio puro, visceral.

Amphi levantó su espada en dirección a la cruzada, sintiendo que su propósito estaba claro por primera vez desde que puso sus ojos en ella. Alzó las manos por encima de la cabeza y conjuró el poder de la Luz.

—Basta de palabras, hereje. ¡Muere! —rugió.

Anajinn se limitó a asentir con la cabeza.

—Que así sea —concedió, sonriendo con tristeza mientras Amphi daba rienda suelta a toda su furia.

***

Reiter no pudo distinguir las palabras del paladín, pero su expresión de violencia era inconfundible. Continuó mirando por la ventana delantera de la posada. Instantes después, Bea se reunió con él.

—Vuelve atrás —siseó él—. Esto es peligroso.

—Vuelve tú primero —replicó ella. Reiter la miró con el entrecejo fruncido, pero un fogonazo de luz volvió a atraer su atención hacia la calle.

Bea ahogó un grito. Reiter dio un respingo. El paladín había invocado... algo... que refulgía como el sol del mediodía. El hombre lo alzó sobre su cabeza, gritó a Anajinn y luego se lo arrojó.

Justo antes del impacto, Reiter vio que Anajinn sonreía.

Se oyó un estruendo, y una llamarada tremenda explotó en el lugar donde hacía meros segundos se había encontrado Anajinn. No se vio rastro alguno de la cruzada.

Durante un breve instante.

Una intensa luz descendió de los cielos, un rayo de energía radiante y pura. Anajinn descendió con él. El paladín ni siquiera la vio venir. Y luego ya no pudo ver nada más.

Reiter profirió un grito de pánico y retrocedió dando traspiés y cubriéndose los ojos con los brazos para protegerse de la cegadora luz. Cuando por fin bajó las manos, la silueta purpúrea del rayo aún danzaba en su retina. Parpadeó con fuerza y entrecerró los ojos. Anajinn estaba sola, tranquila, con su mangual balanceándose lentamente en su costado.

Del paladín sí que había rastros. Muchos, de hecho, todos diseminados en una zona extensa. Alrededor de Anajinn la arena parecía estar húmeda.

Reiter notó que empezaba a temblar. Bea permanecía junto a él, tapándose la boca con las manos. Observaron enmudecidos cómo Anajinn encajaba con cuidado el mango de su mangual en el enganche de seguridad de su armadura, y tras dirigir una última mirada a la posada, la cruzada partió hacia el oeste, tomando el camino que salía de Reposo de Caldeum, con la puesta del sol como guía.

La acompañaba un silencio absoluto. El pueblo entero la vio marcharse conteniendo el aliento.

Reiter oyó ruidos en el piso de arriba. En el cuarto de su padre. Subió corriendo las escaleras y abrió la puerta.

—¡Padre! ¿Te encuentras bien?

Su padre no había estado tan vivo en meses. Estaba mirando por la ventana, siguiendo a Anajinn con la mirada hasta que desapareció en el desierto.

—Es ella, ¿verdad? ¡La de hace tantos años! Ojalá hubiera subido a visitarme. Sabía que tenía redaños. Le ha dado lo suyo a ese malnacido, ¿verdad que sí?

—Si tú lo dices —contestó Reiter.

El final de su viaje

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