III

—No soy un hereje. He seguido la fe durante toda mi vida —dijo Reiter, esforzándose por mantener la serenidad en la voz. Tres rostros impasibles le devolvieron la mirada. No sabía si le creían—. Solo soy un humilde siervo que desea honrar las palabras del sabio profeta Akarat. Estoy seguro de que habré cometido algún que otro desliz, pero no...

El más bajo de los paladines, un hombre delgado de incipiente calva y rostro demacrado, le interrumpió.

—Eso es precisamente lo que nos preocupa. Que pareces haber cometido un desliz —le increpó, haciendo retroceder al posadero de un empellón—. Acogiste voluntariamente a una enemiga de la fe, y un hombre honrado murió tratando de enmendar tu error. Uno de nuestros hermanos.

—¡No, no! —exclamó Reiter con voz entrecortada mientras el paladín lo estampaba contra la pared. El golpe hizo crujir las tablas de madera—. Cuando vuestro hermano me pidió ayuda, yo se la ofrecí. ¡Sin dudarlo siquiera!

—Con Amphi muerto, lo único que tenemos es tu palabra —dijo el segundo paladín—. Pero lo que sí sabemos es que, de todos los edificios que hay en este puesto avanzado dejado de la mano de Akarat, la hereje decidió alojarse en el tuyo.

—No puedo ver lo que hay en el alma de una persona cuando entra en mi local —se quejó Reiter. El primer paladín le estrujó el hombro con la mano. Con fuerza. Reiter chilló de dolor—. ¡Os digo la verdad! ¡Os he contado todo lo que recuerdo de ella, y hace años que no pasa por aquí!

El tercer paladín rompió su silencio.

—Nos ha dicho su nombre —dijo—. Anajinn. Ya es más de lo que sabíamos antes.

El primer paladín meneó la cabeza.

—Sigo pensando que nos oculta algo —dijo, sin dejar de sujetar al posadero contra la pared con una mano mientras le ponía la otra delante de la cara. Un destello de luz bailaba entre sus dedos—. Quiero que entienda que voy en serio.

Reiter trató en vano de zafarse. Varias chispas brotaron del puño del paladín. Una de ellas aterrizó sobre la nariz del posadero, provocándole un dolor lacerante que le penetró el cráneo y le hizo gritar de dolor.

—Ya basta, Cennis —dijo el tercer paladín—. Si los informes son ciertos, si la cruzada está en esta región, la encontraremos. No podrá ocultarse en el desierto para siempre sin visitar el oasis. No hay necesidad de seguir atormentando a este pobre diablo.

—No cuestiones mis métodos. Yo estoy al mando —dijo el primer paladín, acercando lentamente la mano al rostro de Reiter.

El segundo paladín agarró con fuerza el brazo del primero.

—Basta.

Se miraron mutuamente durante largo rato. Reiter, pestañeando para contener las lágrimas, temió que se volvieran unos contra otros. Aunque aquello lo aterraba mucho menos que la posibilidad de que ambos se volvieran contra él.

—De acuerdo —dijo finalmente el primer paladín, soltando a Reiter. El posadero se hincó de rodillas, sollozando y aferrándose el hombro izquierdo; un hilillo de mocos goteó desde su nariz hasta el suelo—. Puede que tengas razón. Las noticias de Travincal, los templos... Quizás me haya precipitado, pero no pienso disculparme.

—Ni falta que hace —apostilló el segundo paladín—. A fin de cuentas, sí que la acogió, aunque no supiera quién era. Supongo que no volverá a cometer el mismo error.

—No, jamás —declaró Reiter, meneando la cabeza desesperadamente.

—Bien —dijo el primer paladín—. Y si alguna vez vuelves a ver a esa despreciable alimaña, nos informarás sin dilación —añadió, inclinándose hacia abajo hasta que su cara estuvo a escasos centímetros de la del posadero—. ¿Me has entendido?

—Sí. ¡Sí!

Los tres paladines se dieron la vuelta al unísono y salieron de la posada. No había clientes en la sala común. Reiter estaba solo, jadeando y gimoteando.

—¿Estás bien, padre? —dijo una voz vacilante.

Reiter sorbió por la nariz una última vez, se secó los ojos y se volvió para mirar a su hija Lilsa.

—Pues claro que estoy bien. Es que se me ha metido arena en los ojos. A veces me pasa y quedo como un tonto —dijo, poniéndose en pie y obligándose a sonreír. La niña apenas tenía cuatro años, aunque a menudo parecía más avispada que muchos niños con el doble de su edad—. Esos hombres tan simpáticos han decidido pasar la noche en otra parte.

Su hija se mordisqueó la uña del pulgar antes de responder.

—A mí no me han parecido simpáticos.

Reiter tuvo que reírse.

—No, supongo que no lo eran —admitió, y volvió a secarse los ojos—. ¿Y tu madre?

—Está atrás, con unas señoras muy agradables que tienen cosas de metal que brillan —respondió Lilsa.

Aquellas palabras, pronunciadas con la mayor de las inocencias, lo paralizaron en el acto. Le dio un vuelco el corazón.

No era posible. No podía ser.

Se arrodilló rápidamente para situarse a la misma altura que su hija. Ella dio un respingo al ver su expresión, así que el posadero trató de sonreír otra vez.

—¿Quiénes son esas señoras, Lilsa? —exclamó, y la chiquilla se apartó de él. Puede que su sonrisa no fuera muy convincente—. Lilsa, dime, ¿quiénes son? Es muy importante —insistió.

La niña tenía los ojos abiertos como platos.

—Dos señoras. Me parece que una de ellas tiene pupa —dijo finalmente Lilsa.

Reiter cogió a Lilsa en brazos con ternura, recorrió el almacén dando zancadas y abrió la puerta trasera. El abrasador sol del desierto saturó sus sentidos, pero lo que había visto no se prestaba a confusión. Había tres mujeres sentadas en el largo banco de madera que había tras la posada.

A un lado estaba Bea, atareada con un paño húmedo. Al otro se sentaba una muchacha a la que Reiter no había visto nunca. Y en medio de las dos...

... estaba ella.

—¿Qué estás haciendo aquí otra vez? —bufó Reiter presa del pánico mientras sentaba a su hija.

—Está herida, Reiter —intervino Bea con firmeza—. Tranquilízate.

—¡Me trae sin cuidado! Acaban de invadir mi posada por su culpa —exclamó Reiter. Luego se volvió hacia Anajinn, que tenía la cabeza gacha y respiraba muy despacio—. Has traído a tus enemigos a mi posada, cruzada, y... —Reiter enmudeció con el ceño fruncido. La tierra que había debajo del banco estaba empapada. Goteaba sangre de debajo de su armadura—. ¿Qué ha pasado?

La muchacha respondió por ella. Tenía más o menos la misma edad que Anajinn —la actual Anajinn— cuando Reiter la conoció.

—Ayer tuvimos un encontronazo en el desierto, y Anajinn olvidó esquivar —aclaró. Con mucho cuidado retiró el peto de la armadura de la cruzada. Reiter ahogó un grito. Un tajo de feo aspecto cruzaba el abdomen de Anajinn desde un costado hasta el otro—. Las heridas de los filos que empuñan los demonios no se cierran fácilmente.

Reiter notó que su hija se aferraba a su pierna.

—¿Demonios?

—No tienes por qué preocuparte —susurró Anajinn con voz débil—. Dimos buena cuenta de ellos.

—De ti sí que han estado a punto de dar buena cuenta —resopló la muchacha—. Voy a intentar curarte otra vez —se arrodilló frente a la cruzada y abrió un voluminoso libro, un viejo tomo escrito en un lenguaje arcaico. La aprendiza señaló un párrafo y se lo mostró a Anajinn—. ¿Empiezo por aquí?

—Sí —respondió Anajinn—. Serena tu mente. Concéntrate. Proyecta tu fe.

Reiter las miró, confundido.

—No entiendo nada. ¿Qué está...? —Bea lo mandó callar con un ademán. Él guardó silencio.

La cruzada no dijo nada más. Su aprendiza comenzó a hablar, recitando una antigua ley del culto a Zakarum. Reiter frunció el ceño. ¿Qué pretendía conseguir con un sermón? Aunque debía admitir que sus palabras de esperanza eran bienvenidas. De repente el día pareció un poco más luminoso, un poco más cálido. Acogedor. Reiter levantó la vista, asombrado. Era como si la Luz los envolviera a todos.

La aprendiza completó el pasaje y cerró el libro.

—Ya está —dijo. Anajinn levantó la cabeza y se puso en pie. Al principio se tambaleó un poco, pero apartó la mano que le tendió su aprendiza. Hizo girar los hombros y se estiró. Aún tenía la camisa manchada de rojo, pero había dejado de sangrar.

—Buen trabajo —admitió Anajinn. El rostro de su aprendiza se iluminó.

Reiter pestañeó. La herida de la cruzada había desaparecido. Como si nunca hubiera existido.

—¿Ha...? ¿Cómo...? —finalmente recuperó la compostura—. Da igual. Os tenéis que ir ahora mismo.

—Reiter —lo reprendió Bea con tono de advertencia, pero el posadero meneó la cabeza y continuó hablando.

—Tengo una hija, una mujer encinta y una posada que proteger —dijo—. Y hay tres paladines en el pueblo, o al menos espero que solo sean tres, y saben que estás por aquí. Deja mi posada tranquila. Por favor.

Reiter esperaba una discusión. Esperaba que Anajinn se opusiera. Pero ella se limitó a asentir con la cabeza y se volvió a ceñir el peto con dificultad.

—Lamento que te hayan importunado. La mayoría eran bienintencionados, pero en las últimas semanas han perdido el rumbo —comentó. Su aprendiza le entregó una espada envainada y su mangual. Colgó las armas en su armadura con naturalidad, y por último, recogió su escudo—. Guárdate de todo el que provenga de Travincal. Allí ha sucedido algo terrible. Pueden ser muy volátiles.

—Eso ya lo sé, cruzada —espetó Reiter—. Uno de ellos ha estado a punto de arrancarme la cabeza. ¡Me culpan de lo que hiciste! Me hacen responsable de la muerte de aquel otro paladín.

Anajinn se detuvo en seco.

—¿A ti?

—¡Sí! —exclamó Reiter, inclinándose hacia la mujer con el rostro rojo de ira y vergüenza—. Viniste a mi posada. No a la de ningún otro. A la mía. Creo que eso me hace culpable. Me dijeron que creían que les estaba ocultando algo.

—¿Dónde están ahora? —preguntó Anajinn tranquilamente.

—Ahora son el problema de algún otro. Según parece, pretendían registrar el resto de Reposo de Caldeum —explicó Reiter. El posadero se echó hacia atrás, satisfecho al ver la expresión de la cruzada—. En fin, que ya me has causado suficientes problemas. Te quiero fuera de mi posada ahora mismo.

Anajinn y su aprendiza intercambiaron unas miradas indescifrables, y la cruzada dejó caer el escudo hasta hundirlo de canto en la arena. Luego meneó la cabeza.

—No podemos marcharnos.

—Bien —declaró Bea—. Porque las dos tenéis que descansar antes de iros a ninguna parte.

—¡Bea! —exclamó Reiter con la boca abierta. Ella le lanzó una mirada desafiante.

—Tenemos habitaciones de sobra. No hay ningún huésped. Podemos mantenerlas a salvo durante un par de noches.

—¡Pero los paladines!

—¿Qué pasa con ellos? Si ya se han ido —respondió Bea—. Estas dos han venido del sur. Por el desierto, no por el camino principal. No las ha visto nadie. Pondremos unos colchones en la despensa pequeña y apilaremos cajas de nabos y cecina delante de la puerta. Si los paladines regresan, no sabrán que hay una habitación ahí. Hasta puedes invitarlos a que registren la posada. Eso fue lo que hicimos cuando aparecieron aquellos bandidos el año pasado. Y entonces dijiste que te parecía una buena idea.

—Hay un problema más grave —intervino Anajinn. Bea y Reiter se giraron para mirarla—. Los paladines volverán, y no importará que nos encuentren o no.

—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Reiter.

—Porque ya te culpan —respondió Anajinn fríamente—. No están en sus cabales. Es muy posible que descarguen su ira sobre ti, o sobre otros, cuando no encuentren nada al registrar el pueblo. No los mueve un propósito divino, sino el odio. Tu familia y tú corréis peligro, posadero.

—¡Por tu culpa!

—Sí —admitió la cruzada—. Y no pienso dejaros a vosotros ni a vuestro pueblo a su merced. Si no quieres que proteja tu posada directamente, mi aprendiza y yo acamparemos en el desierto, donde no puedan vernos. Si oímos o percibimos...

—Anda, no seas ridícula. Estaréis estupendamente en una de nuestras despensas —la interrumpió Bea, cortando los balbuceos airados de Reiter con una mirada fulminante—. No es ninguna molestia. Dejadme que hable un momento a solas con mi marido.

Reiter se dejó llevar a él y a Lilsa al interior de la posada, donde la cruzada no podía oírles, antes de prorrumpir en estridentes susurros.

—¿Pero tú te has vuelto loca, Bea? ¡Que esos paladines nos van a matar!

Bea esperó a que terminase su exabrupto.

—Lilsa, ¿quieres subir a tu cuarto un momentito? —preguntó. La niña desapareció escaleras arriba. Bea dio media vuelta y se dirigió a Reiter con tono desdeñoso—.¿Eso es lo que quieres que vea tu hija? ¿A su padre mandando al desierto a dos personas, una de ellas herida, porque tiene miedo de lo que puedan pensar tres forasteros?

—Eso no es justo —se defendió Reiter—. Anajinn nos ha traído la muerte, y no importa cuánto la odien esos hombres, no nos van a matar solo porque se alojase aquí hace seis o siete años. No, a menos que la encuentren aquí. Piensa en Lilsa. Piensa en el que viene de camino —dijo Reiter posando suavemente la mano sobre el vientre de Bea—. Nuestros hijos necesitan que Anajinn se vaya. Enseguida. Sé razonable.

Bea bajó la vista hasta la mano de su marido y luego la subió para mirarle directamente a los ojos.

—¿O sea, que estás dispuesto a creer a esos paladines antes que a Anajinn?

—Como ya te he dicho, estoy seguro de que Anajinn exagera —respondió Reiter.

Ella le apartó la mano de su vientre.

—Esos hombres amenazaron con matarte. Ella no te ha mostrado más que amabilidad y sinceridad —le increpó, entrecerrando los ojos—. No sé por qué te disgusta tanto, pero yo la creo. Si aún es posible que los paladines nos lastimen, la necesitamos aquí para proteger a nuestros hijos. ¿Te parece eso razonable? —dijo, y se dio la vuelta para marcharse, no sin antes dedicarle unas últimas palabras por encima del hombro—. Tu padre tenía muchos defectos, pero no era un cobarde. Y ahora mismo se avergonzaría de ti.

Y habiendo dicho aquello, salió por la puerta trasera para hablar con las otras mujeres.

Reiter sintió náuseas. Ella no lo entiende. Hará que nos maten a todos. Pudo oír el traqueteo de una armadura metálica en el exterior; la cruzada se disponía a entrar. Se escabulló a la sala común. No quería verla. Tenía que pensar.

¿Mi padre se avergonzaría de mí? Reiter frunció el ceño. Desde luego su padre tenía una cierta vena caritativa que él nunca había compartido, pero era ante todo un hombre pragmático. Un hombre razonable.

Aunque Reiter debía admitir que Bea tenía razón en una cosa: los paladines podían volver. Se echó a temblar.

Quizás, solo quizás, Anajinn y su aprendiza pudieran plantarles cara. Había visto lo que le hizo a aquel otro paladín hacía ya tantos años. No lo comprendió, pero lo vio.

Por otra parte, se recordó a sí mismo que aquel día estaba sana. Descansada. Confiada. Ahora era distinto. Hacía escasos minutos se hallaba al borde de la muerte. No importa cuán poderosa fuese su aprendiza ni lo bien que luchasen juntas...

No podrá derrotarlos, decidió Reiter. Bastaba con que uno solo de los paladines sobreviviese, y su familia sufriría las consecuencias.

Nos informarás sin dilación, le había dicho el paladín Cennis.

Reiter se puso en pie. Comprendió con un arrebato de esperanza que aquella era su única opción. Quizá los paladines no se mostraron razonables porque no daban con Anajinn, pero si lo hacían, seguro que se relajarían. Y si Reiter era quien les conducía hasta ella, sabrían que decía la verdad cuando les contó que no quiso ayudarla. A lo mejor hasta lo elogiaban por su franqueza.

Pero Anajinn... ella y su aprendiza morirían. Mejor ellas que mi familia, se dijo a sí mismo con firmeza. Salió discretamente de la posada.

Reposo de Caldeum no era muy grande. Reiter estaba convencido de que los encontraría. Se dirigió hacia el oeste. Nos informarás sin dilación. Apretó el paso. Luego empezó a trotar.

Al poco, ya estaba corriendo.

***

El herrero continuó batiendo el yunque sin vacilar.

—Le comprendo, buen señor —dijo, y volaban chispas con cada martillazo—. Si entra aquí una mujer vestida con una armadura extraña...

—Si entra cualquier mujer —le cortó secamente Cennis—. La hereje podría ocultar su identidad. Tratará de confundirle y tentarle para que caiga en el pecado.

—Sí, buen señor. Si entra cualquier mujer, lo buscaré a usted o a alguno de sus hermanos —prometió el herrero, recogiendo con unas pinzas la fina plancha de metal al rojo vivo y examinándola detenidamente. Con un gruñido, volvió a depositarla sobre el yunque y se puso a batir de nuevo sus rebordes—. ¿Necesita algo más de mí, buen señor?

Los dedos de Cennis se crisparon.

—Mírame cuando te hablo, herrero —dijo quedamente.

—Desde luego —respondió el herrero, dirigiendo una rápida mirada al paladín para luego centrarse de nuevo en su trabajo—. Lo que usted diga, buen señor.

No había ni un ápice de sarcasmo en la voz del herrero, pero Cennis se sintió desbordado por la ira. Se acercó al maestro artesano.

—¿Te estoy distrayendo? ¿Acaso interrumpo tu precioso trabajo?

—No, buen señor. Le escucho —dijo el herrero. Miró de nuevo a Cennis a los ojos y pestañeó al detectar en ellos un atisbo de peligro por primera vez. Con un profundo suspiro, arrojó el acero de forma descuidada en el barril de agua más próximo para enfriarlo. Una nube de vapor se elevó con un siseo furioso—. Le pido disculpas. ¿Qué más quiere saber, buen señor?

—¿Qué estabas forjando? —preguntó inocentemente el paladín.

—Una rasqueta para barriles —respondió el herrero—. El dueño de la posada que hay camino abajo necesita una nueva.

—¿El propietario de la posada del Oasis?

—El mismo.

Cennis asintió con calma.

—Entiendo —dijo, y era verdad. Entendía mucho más de lo que aquel necio podría imaginar. El pueblo entero es una piña. Conviven en el pecado. Todos ellos merecían ser castigados.

Entonces se le ocurrió una idea maravillosa. Miró en derredor; sus hermanos paladines estaban interrogando a otras personas lejos de allí. Mejor.

—Y si ya hubieras visto a la hereje, me lo dirías, ¿verdad?

—Desde luego, buen señor —dijo el herrero.

—No te creo.

El herrero frunció el ceño. Cennis levantó la mano derecha distraídamente, como si inspeccionase su guantelete. Se inclinó sobre el yunque moviendo los dedos. El herrero dio un paso atrás instintivamente. ¿Temes a un siervo de la fe? ¿Qué me estás ocultando?

—Quiero que entiendas que voy en serio —dijo Cennis. Apretó el puño y la Luz lo envolvió. Una forma brillante apareció entre los dos hombres—. Estoy seguro de que tus rasquetas son de primera calidad. Dime, ¿sabes algo de martillos?

El herrero retrocedió tambaleándose. Incluso sus ojos de pecador podían distinguir el martillo de Luz pura que flotaba en el aire. Curiosamente, la mirada del hombre recorrió toda la habitación. Cennis siguió su mirada, pero no vio nada de interés. Puede que las sombras fuesen un tanto peculiares. Crecían y se movían. Cennis recordaba los tiempos en que un martillo bendito de Luz desterraba todas las sombras. Aquello parecía tan lejano... Hacía toda una vida. Cuando aún era un muchacho.

Cennis se llevó una mano a la frente y frunció el entrecejo. Le dolía la cabeza. El martillo titiló y se desvaneció. Pensar en su infancia le provocaba dolor e interrumpía su concentración. Hizo una mueca y desestimó aquella idea. Hacía toda una vida de aquello. Ya no era relevante. El martillo apareció nuevamente.

—Buen señor —farfulló el herrero con voz temblorosa—. No le...

Cennis balanceó ligeramente el martillo. El yunque explotó en mil pedazos. El herrero se apretó el vientre y cayó al suelo chillando de dolor con una esquirla de metal clavada en las tripas.

—Disculpe, buen señor —dijo Cennis—. ¿Qué me decía? —la expresión del herrero era impagable. Indefensión absoluta. Terror descarnado. Cennis sostuvo el refulgente martillo a pocos centímetros del artesano—. ¿Por qué no me cuenta lo que sabe realmente de la hereje?

El herrero suplicó. Lloró. Juró que no sabía nada. Rogó misericordia a Akarat. Un poco tarde para eso. ¿Qué clase de criatura perdida no cejaría en su mentira? ¿Qué habían visto esos ojos que se negaba a revelar? Cennis titubeó. Quizá fuesen necesarias medidas más extremas. Proyectó su poder un poco más, hacia el rostro del herrero, y entonces...

Los gritos del hombre cesaron. Sus ojos, abiertos como platos, reflejaron la Luz del martillo de un modo muy interesante. Puro. Sin iris ni pupila que la mancillase.

Entonces brotó el rojo, arruinando el blanco inmaculado de aquellos ojos, acumulándose bajo los párpados del herrero. Cennis lo observó fascinado. Dos pequeños estallidos, inesperadamente sonoros, descargaron sendos torrentes carmesí sobre las mejillas del hombre, seguidos de finos hilillos de un fluido blancuzco. Pero el herrero seguía sin gritar. Su lengua estaba paralizada por el terror.

Cennis comprendió de repente lo que había hecho. Se reprendió a sí mismo; aquel hombre no podría responder a sus preguntas durante horas, sino días. Qué desperdicio. Meneando la cabeza, el paladín proyectó su Luz para arrancar la lengua del herrero con un rápido tirón. Ni siquiera tuvo que emplear las manos. El trozo de carne rosácea y flácida cayó sobre la arena, y por fin el herrero lanzó un alarido torturado y carente de palabras. Cennis lo permitió. Era una idea excelente. La cruzada estaba cerca; estaba convencido. ¿Pero qué tipo de refugio encontraría si todos los habitantes del pueblo estaban ciegos y mudos? No se merecían menos por haber dado cobijo a una hereje años atrás. Sí, estaba decidido: iría puerta por puerta y...

—Que Akarat nos ampare...

El entrecortado susurro llegó de la entrada de la herrería. Cennis se giró lentamente. El posadero. Ese posadero. Miraba fijamente al herrero, que seguía aullando lastimosamente.

—Akarat no puede salvaros —dijo Cennis al posadero—. Nadie puede.

—Yo... —la mirada del posadero saltaba de Cennis a lo que quedaba del herrero—. Vengo para informarle... como me ordenó... sin dilación...

—Oh, lo dudo mucho —respondió con tristeza Cennis. Dobló su dedo formando un gancho, y un reluciente aro de Luz rodeó la garganta del posadero. El paladín lo estrechó con fuerza. El posadero empezó a asfixiarse.

—La mujer ha vuelto, ¿verdad? Y has esperado para contármelo. Conozco a los de tu calaña. Has esperado.

Volvió a torcer el dedo, una y otra vez. Varios aros de Luz se cerraron en torno al posadero, atenazando sus muñecas, inmovilizando sus codos. Sus jadeos se convirtieron en gritos sofocados.

Cennis salió de la herrería, arrastrando al posadero tras él.

—¡Hermanos! —gritó—. ¡Hermanos, la pecadora está aquí!

Tras meditarlo unos instantes, alzó de nuevo las manos y llovieron chispas sobre el techo de la herrería. Enseguida se levantó una humareda, y varias lenguas de fuego diminutas se combinaron en llamaradas más intensas. El paladín asintió con la cabeza, satisfecho. En ocasiones sus hermanos en la fe mostraban más pudor a la hora de enfrentarse al mal con la... decisión que prefería Cennis, así que decidió ahorrarles la congoja. El fuego era ideal para eliminar cabos sueltos.

El posadero luchaba por hacer brotar palabras de su garganta constreñida.

—Familia... piedad...

—Shh —dijo Cennis.

***

—Cielo, no toques el escudo de la señorita —dijo amablemente Bea, cogiendo en brazos a Lilsa. Le dio unas palmaditas en la espalda a su hija y miró a Anajinn con el ceño fruncido—. No pensarás dormir con esa armadura puesta, ¿verdad?

La cruzada levantó la cabeza de la almohada y sonrió.

—Estoy ridícula, ¿a que sí?

Anajinn suspiró profundamente y reclinó la cabeza. Su aprendiza estaba sentada en un taburete a los pies de la cama, sirviendo té en tres tazas. La cruzada cambió de postura y su armadura repiqueteó suavemente.

Sí que estaba ridícula. Bea reprimió una sonrisa burlona.

—Seguro que duermes mucho mejor si te la quitas —insistió. Lilsa dejó escapar una risita al oído de su madre—. ¿Ves? Mi hija opina lo mismo.

—Y seguramente tiene razón —admitió Anajinn. Su sonrisa parecía sincera, pero en su mirada pesaba la fatiga. Bea tuvo la impresión de que no era la primera vez que se hallaba al borde de la muerte en pocos días—. Pero si esos caballeros regresan, quizá tenga que actuar rápidamente.

Bea calló. Lilsa contemplaba fascinada los reflejos de la lámpara sobre la armadura de la cruzada.

—No puedo creer que de verdad quisieran hacernos daño. Daño de verdad —confesó. Pero las paredes de la posada eran finas, y había oído lo que aquellos paladines le dijeron a Reiter. Había sentido su furia. ¿De verdad podía estar segura de lo que eran capaces de hacer?—. Yo me he criado aquí. He visto toda clase de personas yendo y viniendo. Algunos eran paladines. Cuando yo era pequeña siempre me parecían muy amables. Pero en los últimos años han... —vaciló—. ¿Tú sabes qué ha pasado? ¿Por qué están tan alterados?

La aprendiza miró inquisitivamente a Anajinn. La cruzada guardó silencio durante unos instantes.

—Su oscuridad ha aflorado. La misma oscuridad que persigo en mi cruzada —respondió.

—¿Odias a los paladines? —preguntó Bea.

—En absoluto —replicó Anajinn—. Nuestros cultos tienen las mismas raíces. Yo los veo como hermanos y hermanas. Descarriados, pero familia al fin y al cabo —la aprendiza le dio una taza de té. Anajinn tomó un sorbo antes de continuar—. Hace siglos, un hombre muy sabio se percató de que el culto a Zakarum estaba corrompido en su esencia. Infectado. La mácula era sutil, pero las fuerzas del mal habían horadado el corazón de nuestra fe. A tenor de las noticias que nos llegan de Travincal, esa maldad ya no se oculta, sino que en los últimos años ha saltado y gritado a los cuatro vientos. Se ha convertido literalmente en el hogar del Odio. Quienquiera que destruyese aquel lugar le ha hecho un favor al mundo.

¿Travincal había sido destruida? Bea se removió intranquila. No estaba al corriente de aquello, únicamente había oído que algo terrible había sucedido allí.

—Hay buenas personas en su orden. Pero me temo que aquellas con inclinaciones malvadas han engullido a los virtuosos —dijo Anajinn—. La destrucción de su refugio podría desequilibrar al resto.

Bea aceptó una taza de té de la aprendiza. Le tembló la mano, solo un poco.

—¿Y tu cruzada consiste en erradicarlos?

Anajinn meneó la cabeza.

—Mi cruzada consiste en erradicar el mal que los corrompe. Buscar algo que pueda purgar la fe. Creía que estaba ahí fuera, en ese desierto, hace tan solo unos días... —sus labios esbozaron una sonrisa cansada—. Purgamos algo, eso seguro. Pero no era la fe.

—Quizá mis entrañas —murmuró la aprendiza.

Su lenguaje sorprendió a Bea, pero la cruzada se limitó a reír.

—Ver a unos cuantos demonios abalanzándose sobre ti desde las sombras es un purgante infalible, sin duda. Eliminamos su baluarte, y eso nunca es una pérdida de tiempo. No lamento haber emprendido el viaje —concluyó Anajinn, y en ese momento frunció el ceño al ocurrírsele algo poco halagüeño—. ¿Dónde está tu marido, Bea?

—Seguramente estará en el piso de arriba, enfurruñado en su estudio —dijo Bea con un susurro malicioso—. Suele hacerlo cuando no consigue salirse con la suya.

Anajinn no compartió su sonrisa.

—No he oído ninguna pisada en el piso de arriba. Ni en ninguna otra parte de la posada. ¿Puedes ir a buscarlo, por favor?

—Bueno —accedió Bea, y con Lilsa aún en brazos salió de la reducida habitación—. ¿Reiter? —exclamó.

—¡Paaaaapiiii! —la ayudó Lilsa.

No hubo respuesta. Qué raro. Bea se paseó hasta la sala común y volvió a llamar a Reiter. Silencio.

—¿Dónde crees que andará tu padre? —preguntó en voz baja a Lilsa. La pequeña se encogió de hombros. Bea volvió a la habitación de la cruzada—. Se habrá ausentado un momento. Anajinn, ¿por qué...?

La cruzada ya estaba en pie, embrazando su escudo y empuñando su mangual. Su aprendiza estaba sacando una espada corta de su vaina.

—Temo que tu marido haya cometido un terrible error —sentenció Anajinn.

El final de su viaje

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