IV

El cordón de Luz (o de lo que quiera que fuese) que estrangulaba su pescuezo no aflojó ni un milímetro cuando los paladines lo obligaron a detenerse. Reiter oía el siseo de su piel, abrasada por el calor. Sus manos se retorcían en vano a su espalda, sujetas por las muñecas.

Sus ojos... sus ojos. ¡Por Akarat, mis ojos! Todo era oscuridad. El paladín había agitado un dedo en su dirección, y un intenso dolor le perforó el cráneo privándolo del sentido de la vista.

Reiter estaba ciego. Completamente ciego.

—Has hecho bien en confesarnos tu pecado tan pronto —le susurró al oído el jefe de los paladines—. Te enviaremos con Zakarum sin demasiado dolor para que él te juzgue. Al menos me has dado la oportunidad de practicar. Conservarás los ojos en sus cuencas.

Una mano obligó a Reiter a sentarse de un empujón. El posadero sollozó indefenso, lo único que pudo hacer fue aspirar una diminuta bocanada de aire por su garganta.

Oyó a los tres paladines dispersándose por la calle. Reiter trató desesperadamente de suplicar una última vez: perdonad a mi familia, llevaos a la cruzada, pero perdonad a mi familia. Mas lo único que escapó de sus labios fueron unos jadeos incoherentes. Cayó sobre un costado. Agudizó el oído con la esperanza de oír abrirse una puerta o ventana en cualquier parte de la calle. Comprendió que eso no pasaría. Nadie acudiría en su ayuda. Nadie del pueblo, al menos. No sería razonable involucrarse en aquella pelea.

El jefe de los paladines llamó con voz clara y estentórea.

¡Hereje! —al cabo de un instante volvió a intentarlo—. ¡Hereje! ¡Aquella a la que llaman Anajinn! Soy el maestre Cennis. En nombre del culto a Zakarum que has elegido profanar, ríndete inmediatamente y te someteremos a juicio.

Se oyeron fuertes pisadas procedentes del balcón de madera de la posada. Reiter no podía ver más que tinieblas, pero las oyó con total nitidez. La cruzada salió por la puerta sin vacilar ni un instante.

—Posadero, escucha mis palabras —dijo Anajinn—. Haré cuanto pueda por garantizar la seguridad de tu familia.

Su voz estaba cargada de compasión y tristeza, no de la furia y el reproche que él esperaba.

—Pierdes el tiempo —escupió el jefe de los paladines—. Todo el que albergue a un hereje, sea quien sea, sufrirá el mismo destino que la hereje —añadió con una sonrisa cruel.

***

Puertas y ventanas se cerraron a cal y canto por toda la calle. Aparte de eso, no se oía nada más en todo Reposo de Caldeum. El pueblo entero contenía el aliento.

Anajinn estudió a los tres paladines. El del centro, que se alzaba sobre Reiter, parecía estar al mando. Los otros dos esperaban sus órdenes, pero creyó ver la duda en sus miradas. A ellos fue a quienes se dirigió.

—Vuestro líder habla de asesinar a un posadero, a su esposa y a su hija pequeña. Y la mujer está esperando otro hijo —declaró, y cada una de sus palabras rezumaba desprecio—. El maestro Cennis los ejecutaría a todos sin ningún escrúpulo. ¿Tan bajo habéis caído? ¿De verdad os habéis dejado impregnar de tanta maldad?

Aquello provocó otro exabrupto de Cennis, que profirió una enardecida perorata sobre la justicia, la virtud y la herejía, pero ella no le prestó atención. En vez de eso, contempló a los otros dos paladines, que intercambiaron miradas entre sí.

Indecisión.

Remordimiento.

Sabían quién era Cennis. Sabían la clase de monstruo en el que se había convertido. Nunca lo habían admitido, claro; ni entre ellos, ni a sí mismos. Pero lo sabían. En el fondo de sus corazones, sabían que lo que estaba a punto de ocurrir estaba mal.

Pero la cruzada vio que la expresión de uno de ellos se endurecía. El segundo no tardó en imitarle. Tan solo quedaba el odio en sus ojos. Anajinn inclinó la cabeza. No les gustaba la idea; no disfrutarían haciéndolo, pero obedecerían. Quizá más tarde lamentasen sus actos, incluso era posible que aquel fuese el momento que algún día los encauzaría por el camino de la redención. Pero el precio de aquella redención serían vidas inocentes.

El paladín continuó con su arenga. Anajinn inspiró muy, muy profundamente, dejando que el aire y la Luz la llenasen por completo. Aquello no alivió su fatiga. El agotamiento parecía aferrarse a todos y cada uno de sus músculos.

Pero la Luz le dio fuerzas. Como siempre hacía. Como seguiría haciéndolo hasta llegar al final de su viaje.

—Que así sea —dijo, y se lanzó a la carga.

Y la Luz la envolvió.

***

Se oyó un sonido terrible y maravilloso. Bea dio un respingo. Lilsa escuchaba en silencio, boquiabierta de la impresión. Pronto hubo más ruidos, el fragor de una furia inhumana. De la batalla.

—Reiter. Ay, no, Reiter —gimió Bea.

La aprendiza las condujo por detrás de los edificios en dirección a la única calle del pueblo para alejarlas del enfrentamiento. Empuñaba la espada corta en la mano derecha, con la punta hacia arriba. Con la mano izquierda aferraba la de Bea.

—No te pares —susurró. Otros pueblerinos huían ya hacia el desierto, solos, en parejas o en grupos reducidos. Parecían dispuestos a arriesgarse en el inhóspito yermo con tal de no quedarse ni un solo segundo en el pueblo.

—¡Mi marido! ¿Está...?

Ella negó con la cabeza.

—Anajinn no dejará que lo maten mientras ella siga con vida —otro ruido resonó con fuerza entre los edificios—. Y ella aún vive.

Un clamoroso estruendo ahogó todo comentario posterior. Algo, alguien, atravesó la pared trasera de la posada y rodó por la arena. Bea se quedó sin aliento. Habían arrojado a alguien a través de toda la posada. Algunas partes del techo comenzaron a venirse abajo; parecía que el edificio no tardaría en desplomarse. La figura que se deslizaba por la arena hasta detenerse ya en el desierto no era Reiter, ¿pero quién...?

—Por el callejón —dijo la aprendiza—. Vamos, en silencio.

Bea se dejó guiar por la estrecha callejuela que discurría entre dos muros de adobe.

—¿Quién era ese? ¿Está muerto?

La aprendiza se asomó por la esquina para echar una mirada furtiva.

—Era uno de los paladines, y no, no lo está —dijo, y luego añadió a regañadientes—. Está dando un rodeo. Pretende volver a la pelea a hurtadillas para flanquear a Anajinn.

La aprendiza miró su espada, y luego a Bea.

—¿Tienes que ayudarla? —preguntó Bea. La aprendiza vaciló.

—Me dijo que no me separase de ti.

—Nos mantendremos apartadas del peligro —afirmó Bea, pero la aprendiza seguía sin decidirse—. ¿Se detendrán esos hombres cuando maten a tu maestra? ¿O cuando maten a mi marido?

—No —respondió la aprendiza con voz queda.

—Entonces vete —le exhortó Bea.

***

Anajinn levantó su escudo y dejó que el martillo rebotase contra él. El impacto la sacudió hasta los huesos. Miró rápidamente a través del agujero en la posada. El paladín al que había arrojado por los aires se estaba poniendo en pie. No había muerto. La cruzada estaba más exhausta de lo que pensaba. Aquel golpe tendría que haber acabado con él.

Los otros dos paladines avanzaron inexorablemente. El jefe, el que respondía al nombre de Cennis, le arrojaba martillos de Luz una y otra vez, mientras el otro descargaba una lluvia continua de refulgentes proyectiles luminosos contra ella. Anajinn sostuvo bien alto el escudo, interceptando cada ataque. Cuando el segundo paladín se abalanzó hacia ella y lo tuvo a tres pasos de distancia, bajó el hombro, se afianzó contra su escudo y empujó.

La carga del paladín se detuvo en seco al chocar contra una muralla sólida de poder, de Luz pura. Se produjo una rociada de una fina llovizna color rojo. Cuando la Luz se disipó, aún flotaba en el aire una especie de neblina rojiza. Cayeron sobre la arena huesos, solamente huesos, agrietados, rotos y resecos. Incluso la ropa del paladín había sido reducida a polvo.

Anajinn no se deleitó con su muerte. Se limitó a volverse hacia Cennis blandiendo su mangual. Con un grito de sorpresa y furia, el paladín retrocedió de un brinco, haciendo oscilar otro martillo que alcanzó a la cruzada en el hombro derecho. Sintió un estallido de agonía, pero lo ignoró con frialdad.

El paladín bufó y escudriñó lo que quedaba de su hermano.

Asesina inmunda y entrometida. ¡Engendro del mal!

—Será más agradable para todos si dejas de hablar —le increpó Anajinn.

La cruzada se agazapó de repente y volvió a empujar con el escudo, pero el paladín reaccionó más deprisa que su hermano. Levantó ambos brazos y detuvo su oleada de energía con una de su propio poder. El contraataque sacudió el escudo de Anajinn, pero ella ya estaba avanzando y describiendo círculos con el mangual por encima de la cabeza. Cennis conjuró otro martillo para bloquear su ataque, pero la cruzada se abrió paso con el escudo por delante y derribó al paladín sobre la arena. Luego asestó un golpe de mangual, y una energía pura y brillante brotó de él como un relámpago.

El paladín rugió y levantó las manos. Atrapó el relámpago. Se lo devolvió.

Anajinn ni siquiera se molestó en esquivarlo. Dejó que la Luz atravesara su cabeza y su armadura sin inmutarse.

—Diablo —maldijo el paladín—. Demonio. Maldita.

—La Luz no daña a los puros de corazón —dijo Anajinn sonriendo con frialdad—. ¿Puedes tú decir lo mismo del poder que esgrimes?

El paladín se puso en pie enfurecido y se arrojó sobre ella. Mangual y martillo chocaron entre sí. La onda expansiva del impacto hizo que estallaran los cristales de las ventanas en toda la calle principal. Anajinn dio un paso al frente, ignorando su creciente cansancio, y...

Dolor.

De repente se encontró tumbada en el suelo, boca abajo. Sin aliento. Ya no tenía embrazado el escudo. Rodó para ponerse boca arriba y balanceó su arma, percibiendo más que viendo el golpe de gracia destinado a rematarla. La cabeza con pinchos de su mangual impactó de lleno en la pierna derecha de Cennis, hallando un hueco en su armadura. El martillo del paladín se desvaneció a escasos centímetros de su cabeza, y Cennis retrocedió tambaleante, sangrando y gritando.

¿Quién la había atacado por la espalda? ¿Y con qué? Trató de ponerse en pie, pero tenía brazos y piernas temblorosos y le fallaron las fuerzas, desplomándose de nuevo sobre la arena. Mala cosa, pensó. La piel del costado izquierdo empezó a chamuscarse, y cada vez que respiraba le ardía la garganta. Quemada por dentro. Quemada desde dentro. Habría podido jurar que notaba cómo se le asaban las entrañas.

Vaya, pensó. Esto es nuevo.

Apretó los dientes y luchó por incorporarse, ignorando el dolor, la fatiga, la debilidad.

—Has escogido esta vida —se recordó a sí misma en voz alta. Su voz sonó gutural en sus propios oídos—. Acéptala. Maldícela. Pero no te arrepientas.

Su maestra le había brindado aquellas palabras hacía mucho tiempo. No te detengas. Volvió a asir su escudo y observó la calle con los ojos entreabiertos.

Vio unas luces intensas chocando y centelleando a un centenar de pasos de distancia. El paladín herido, Cennis, gesticulaba violentamente. El otro paladín superviviente, al que Anajinn había arrojado a través del edificio, estaba con él. Conque fue él quien me cogió desprevenida. Ahora proyectaba su poder contra otra persona, desprovista de armadura y armada con una espada...

—Mocosa insensata... —musitó Anajinn. Su aprendiza tenía cierta tendencia a desobedecer órdenes. Igual que yo a su edad, pensó irónicamente. Pero la muchacha no era estúpida. Inexperta, pero no estúpida. De no haberse unido al combate, la cruzada seguramente estaría muerta. El segundo paladín la habría rematado.

Anajinn vio al posadero; yacía en el suelo, indefenso, retenido por el poder del paladín y a punto de asfixiarse, a juzgar por la tonalidad azulada de su rostro. Se puso de rodillas y disipó sus ataduras con un simple ademán.

Unos jadeos roncos y ásperos brotaron de la garganta de Reiter, y el posadero abrió los ojos.

Anajinn se estremeció. Tenía los ojos totalmente en blanco. Estaba ciego. Una voluta de humo se elevó desde un edificio situado calle abajo; la herrería, supuso meneando la cabeza. Solamente podía imaginar lo que Cennis habría perpetrado allí. Pero ya resolvería luego ese problema.

—Estás bien —dijo la cruzada a Reiter. Ojalá pudiera decir lo mismo de mí—. Ponte en pie, si puedes. Tienes que salir de la calle.

Anajinn levantó la vista. Su aprendiza aún mantenía a raya a sus atacantes. Cennis estaba herido, y el otro paladín probablemente estaría maltrecho después de haber atravesado un edificio. Ambos luchaban con dificultad. Su aprendiza estaba prácticamente bailando en círculos a su alrededor.

Los labios de Anajinn esbozaron una leve sonrisa.

—Date prisa, por favor —rogó. El posadero trató de hablar, pero en vez de palabras solo pudo articular resuellos de pánico. Lo siento, intentaba decirle. Anajinn le dio unas palmaditas en el hombro. Llevaba el remordimiento escrito en la cara, se reflejaba incluso en sus ojos vacíos—. Si te encuentran, no tendrán piedad. Escóndete bien —dijo. Por fin, el posadero logró emprender una huida renqueante, tanteando el terreno con ambas manos extendidas.

—Escóndete bien —repitió Anajinn con un susurro. No le dijo que huyese del pueblo. Sabía tan bien como cualquiera que ninguna persona en su sano juicio se atrevería a cruzar el desierto de Kehjistan sin una caravana bien pertrechada. Un ciego, y reciente además, no tendría ninguna oportunidad.

Para salvar a Reiter y al resto del pueblo, los paladines debían morir.

Vio al cojeante Cennis acometiendo a su aprendiza. La muchacha entraba y salía del alcance del paladín como una flecha. Como no llevaba armadura, aprovechó su agilidad para abrir una pequeña herida en el brazo del segundo paladín al tiempo que erigía un muro de poder para detener su envite.

Anajinn se acercó a la refriega dando tumbos con una sonrisa de determinación. ¿Qué clase de maestra sería si dejara que su aprendiza acaparase toda la diversión?

***

—Por aquí, Lilsa —dijo Bea. Tuvo que hacer un esfuerzo por mantener la calma, pero lo consiguió. Se deslizaron pegadas a la pared lateral del colmado, bordeándolo en dirección al camino principal—. Ya queda poco.

Lilsa le apretaba la mano con expresión asustada, pero no lloraba ni gritaba.

—¿La cruzada va a ganar a los hombres malos?

—Pues claro —respondió su madre con más confianza de la que sentía—. Vamos a buscar a tu padre.

Había visto a Reiter dando traspiés hacia el otro lado de la calle. El miedo le hizo un nudo en el estómago; parecía malherido y confuso.

De repente se vieron abrumadas por un estruendo ensordecedor y el prolongado estrépito de varias tablas de madera crujiendo y paredes desmoronándose. Bea se quedó inmóvil hasta que el ruido cesó, dejando paso al fragor del combate.

Se asomó por la esquina del edificio y se le cortó la respiración.

La posada del Oasis, su hogar, y con ella la botica que acababan de abrir en la casa contigua, estaban derruidas. Un golpe tremendo las había derribado de sus cimientos. Bea musitó una plegaria. Creyó haber visto antes al galeno y a su mujer saliendo de la botica. Deseó no haberse equivocado.

Al otro lado de la calle, a través de un callejón, Bea vio que alguien avanzaba dando tumbos y tanteando las paredes para orientarse. Reiter. Para llegar hasta él, Bea y Lilsa tendrían que cruzar la calle y exponerse a los combatientes.

Como esto dure mucho más, Reposo de Caldeum acabará en ruinas, se dijo Bea. A la vista de los poderes que desataban unos contra otros, parecía que ocultarse tras un edificio no serviría de mucho. Irse no sería mucho más peligroso que quedarse donde estaban.

Inspiró profundamente y tomó a Lilsa en brazos.

—¿Lista para ir a por tu padre? —le preguntó. Lilsa asintió con la cabeza—. Pues vamos allá —dijo, echando a correr hacia la calle.

***

Cennis gruñía mientras descargaba martillazo tras martillazo contra las dos herejes. Una y otra vez, la mujer acorazada bloqueaba sus golpes y la más joven los eludía hábilmente.

De repente la muchacha se acercó a él y le lanzó un tajo. Su espada le rebotó en el brazal. Fue por pura suerte que no le cercenó el brazo a la altura del codo expuesto. El paladín esperó a que se apartase de su alcance e invocó otro martillo. Esta vez a su espalda.

La aprendiza giró sobre sus talones y levantó los brazos para defenderse del ataque, pero Cennis dejó que se disipara inofensivamente y le arrojó otro martillo directamente desde el pecho. La muchacha giró la espada y el martillo golpeó metal en lugar de carne, pero la fuerza del impacto la hizo volar por los aires a varias docenas de pasos de distancia. Con una sonrisa, Cennis dedicó toda su atención a la cruzada. Anajinn. Seguía siendo una rival formidable, observando a los dos paladines con fría determinación, pero la potencia de sus golpes menguaba. Así debía ser. Así les ocurría inevitablemente a todos los enemigos de la Mano de Zakarum cuando se enfrentaban a su virtuosa cólera. La cruzada blandió su mangual una, dos, tres veces, siempre fallando por un escaso margen.

—Es hora de morir —dijo Cennis.

—Como quieras —replicó ella. Y de repente había dos cruzadas... tres... cuatro... todas cargando contra él...

Con un bramido, Cennis propinó furiosos golpes a dos figuras traslúcidas y brumosas que se abalanzaron sobre él empuñando sendos manguales que silbaban al girar. Sus ataques las alcanzaron a ambas y se desvanecieron como el humo en la brisa.

El otro paladín no fue tan veloz. Otras dos Anajinns le golpearon con sus manguales, y varios trozos del hombre volaron en distintas direcciones. La bruma se disipó, y volvió a quedar una sola Anajinn, apoyada sobre su escudo, exhausta, pero aún capaz de dedicar a Cennis una sonrisa salvaje y triunfal.

—Dime, paladín —dijo ella—. ¿Te arrastraron tus ancianos a las garras del mal, o cediste a él por voluntad propia?

Cennis la miró con el rostro desencajado. La aprendiza volvía a la carga, lentamente, dolorida pero resuelta. Durante un breve instante el paladín se quedó quieto. Luego dio media vuelta y emprendió la huida, cojeando y sangrando.

Oyó gemir a Anajinn.

—No me hagas perseguirte —exclamó ella. Cennis apretó los dientes; en su interior se batían el miedo y la furia. Tengo que alejarme. Tengo que matarla. Tengo que... tengo que...

Calle abajo vio una figura que se escabullía por un callejón. Cennis la siguió.

***

Anajinn esperó a que su aprendiza la alcanzase.

—Podía habernos ido peor —comentó la cruzada con una sonrisa dolorida.

—El paladín... la mujer del posadero... —jadeó la aprendiza, casi sin aliento. La sonrisa de Anajinn se esfumó.

—¿Dónde?

La muchacha señaló hacia un callejón que había más adelante. Cennis desapareció en su interior.

De algún modo logró reunir las fuerzas necesarias para ir tras él.

***

—Reiter —dijo Bea apretando las manos contra las mejillas de su marido—. ¿Qué te han hecho?

Los ojos blancos del posadero giraron en sus órbitas.

—No veo nada —respondió con voz forzada. Se aferró a las muñecas de su esposa como si le aterrase la posibilidad de que lo soltara—. Me ha quitado... no veo nada. ¿Estás bien? ¿Y Lilsa? ¿Está aquí?

—Estoy aquí —dijo Lilsa. La niña tenía los ojos muy abiertos y empañados de lágrimas.

Reiter se agachó, mirando en la dirección equivocada y extendiendo los brazos en su busca.

—¿Lilsa?

Por fin sus manos la encontraron y la atrajo hacia sí para abrazarla y mecerla, levantando la vista como si tratase de mirar a los ojos a Bea.

—Lo siento —gimió—. Lo siento mucho.

—Eso ya no importa —lo tranquilizó Bea con toda la firmeza que supo reunir—. Creo que... —guardó silencio para escuchar durante un instante. El ruido del combate había cesado—. Creo que la lucha ha terminado.

—¿Quién ha ganado? —susurró Reiter.

Bea abrió la boca para contestar No lo sé, pero otra voz la interrumpió.

—La Mano de Zakarum siempre gana, escoria.

Lilsa gritó.

***

Aquel grito era inconfundible. Era una niña.

—Da la vuelta por el otro lado —dijo Anajinn en voz baja.

—No pienso abandonarte —replicó su aprendiza meneando la cabeza.

—No te lo estoy pidiendo: que des la vuelta por el otro lado —repitió la cruzada, esta vez con rudeza. La aprendizaa asintió a regañadientes y rodeó cojeando el edificio; una tonelería, a juzgar por su aspecto.

Anajinn esperaba que el posadero y su familia hubiesen escapado ya. Pero nunca depositaba demasiada confianza en las esperanzas.

—¡Paladín! —gritó Anajinn—. ¿De verdad pretendes mezclar a inocentes en nuestra lucha?

Una sombra emergió del callejón.

—En este pueblo no hay inocentes —contestó una voz cargada de furia—. No cuando dan cobijo a los de tu ralea.

Anajinn tensó la mandíbula y levantó su escudo. Sospechaba que apelar a su misericordia sería inútil. Pero quizá azuzando su orgullo...

—¿Entonces prefieres esconderte en la oscuridad? —le increpó. Tenía que sacarlo del callejón, darle a su aprendiza una oportunidad para flanquearlo—. ¿Así es como luchan los siervos de la fe?

El paladín salió a la calle profiriendo un rugido bestial. El corazón de Anajinn dio un vuelco. Cennis tenía el brazo izquierdo alrededor del cuello de Bea, y sostenía el puño derecho a pocos centímetros de su oreja. Y peor aún, Bea llevaba a Lilsa en brazos. La niña se apretaba contra el vientre de su madre con la mirada clavada en el hombre que las retenía a ambas.

Brotaron chispas del puño derecho del paladín. Bea no se inmutó, ni siquiera cuando las chispas entraron en contacto con su piel. Bien, pensó Anajinn. No le concedas nada. Que tu hija no te vea derrumbarte.

—Qué orgullosos estarían tus ancianos si te vieran ahora —se burló Anajinn—. ¿Se enorgullecería también la congregación de los templos de Travincal si vieran a un adalid de su fe escudándose como un cobarde tras una embarazada y una niña?

Cennis se rió; era un sonido desesperado.

—No existe ninguna congregación. Ya no. Travincal... Ni siquiera creo que nos queden ancianos. Pero cumpliré la misión que me ha sido encomendada.

—¿Y qué misión es esa?

—Herejes. Siempre hay herejes por doquier. Sé lo que sois —dijo, y su carcajada demente resonó por toda la calle—. Pocos en mi orden son conscientes de ello. Pero yo lo sé. Creéis que nos hemos corrompido. Que estamos condenados. Pero sois vosotros los que os marchasteis, cruzada. Tú y los tuyos rechazasteis vuestro deber. No os enfrentasteis a nada. Huisteis y os escondisteis en los pantanos. Nosotros nos quedamos para hacernos cargo del problema.

—¿Eso es lo que te contaron tus ancianos? Te mintieron.

Ni siquiera parecía escucharla. Su expresión se trocó de furia en horror en un abrir y cerrar de ojos. Tenía la mirada perdida, a mil kilómetros de distancia y a veinte años atrás.

—¿Por qué huisteis? ¿Por qué me abandonasteis? —sus ojos se llenaron de lágrimas, su voz se quebró como la de un niño—. Las cosas que me hicieron... las cosas que me obligaron a hacer... ¿Por qué no nos ayudasteis? ¿Acaso lo sabíais? ¿Sabíais lo que me esperaba? Me obligaron a odiar. Me llenaron de odio —le temblaba el puño, pero no lo apartó de la cabeza de Bea.

—Sabíamos lo suficiente —dijo Anajinn con voz suave—. El mal ya se había apoderado de los cimientos de Zakarum. No podíamos salvarlo. Nosotros solos no. Así que buscamos algo que pudiera.

—¿Lo habéis encontrado? —preguntó de nuevo con aquella voz infantil. Había esperanza.

—Todavía no —replicó Anajinn.

—Entonces todo ha sido en vano. Todo para nada —dijo Cennis, y durante un breve instante pareció a punto de romper a llorar. Entonces el niño desapareció y regresó el paladín—. Depón tus armas, cruzada. Suelta el escudo. Quítate la armadura. O las mataré.

Cennis apretó el brazo alrededor del cuello de Bea. La mujer miró fijamente a los ojos de Anajinn, una súplica silenciosa no por su vida, sino por la de Lilsa.

Reiter salió arrastrándose del callejón, girando la cabeza sin mirar a nada en particular.

—¡No! —exclamó—. Mi familia. Piedad, por favor. ¡Piedad!

—¡Obedece, cruzada!

Anajinn vio a su aprendiza asomando por la esquina de la tonelería, detrás de Cennis. También vio que la muchacha meneaba lentamente la cabeza. Exhaló. La aprendiza no podía hacer nada mientras Cennis tuviera su armadura completa y a sus dos rehenes. Cualquier ataque lo bastante potente como para eliminarlo también las mataría a ellas.

Una sensación de paz se apoderó de ella. Dejó que el mango de su mangual se escurriese de sus dedos. El arma cayó al suelo.

—Quiero que sepas una cosa, Cennis —dijo mientras clavaba con fuerza su escudo en la arena. Allí se quedó, erguido—. Quiero que tengas esperanza —sus guanteletes fueron los siguientes en besar la arena. Luego su coraza. La sencilla camisa de tela que vestía debajo seguía manchada de sangre y sudor—. No he encontrado lo que buscaba. Tampoco mi maestra, ni su maestra antes que ella —continuó, deshaciéndose de sus hombreras y luego de sus quijotes—. Y pese a ello, no lamento nada. Alguien encontrará lo que necesitamos. La fe será purificada. No importa lo que me hagas —afirmó mientras se descalzaba las botas de sendas patadas—. Porque aún no he llegado al final de mi viaje. Mi cruzada continuará.

Anajinn vio un destello de esperanza infantil en la mirada de Cennis. Fue un instante fugaz, pronto se vio eclipsada por una crueldad homicida. El paladín extendió el brazo derecho y un brillante martillo salió disparado hacia ella.

La cruzada cerró los ojos y sonrió hasta el final.

***

Bea cerró los ojos con fuerza. Instantes después, el ruido cesó. El hombre la liberó de la férrea presa de su brazo.

—No te atrevas a moverte, mujer —le gruñó el paladín al oído. Ella asintió con la cabeza, pero el hombre ya se había apartado para acercarse a Anajinn.

O más bien hacia lo que quedaba de ella. Bea abrazó a Lilsa para impedir que volviese la cabeza y lo viera. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—A mí me parece que tu viaje ya ha terminado —se burló el paladín, propinando una patada al peto de la cruzada—. Tu búsqueda ha terminado.

—No.

Bea y el paladín se volvieron al mismo tiempo hacia la voz. Allí estaba la aprendiza, espada en mano. Cennis rugió y le arrojó un martillo de energía.

Se produjo un tremendo estampido de furia y violencia, y una enorme llamarada explotó en el lugar donde hacía meros segundos se había encontrado la muchacha. No se vio rastro alguno de la aprendiza.

Durante un breve instante.

Una intensa luz descendió de los cielos. La aprendiza descendió con ella. El paladín la vio venir. Y en su rostro se dibujó una expresión infantil de alivio.

Y luego todo terminó.

La aprendiza se arrodilló junto a su maestra y murmuró algo que Bea no alcanzó a oír. Pero las perlas de luz que caían sobre la arena eran inconfundibles. Lágrimas.

La muchacha se puso en pie. Recogió el escudo de Anajinn.

—¿Bea? —imploró Reiter—. ¿Bea? ¿Estás herida?

Bea corrió a reunirse con él.

—Estoy bien. Y Lilsa también.

—¿Y Anajinn? —dijo el posadero con voz temblorosa—. ¿Está...?

—Estoy aquí —respondió la aprendiza. Bea la miró confundida.

—¿A... Anajinn? ¿Eres tú? —preguntó Reiter inclinando la cabeza.

—Sí —contestó la aprendiza. Se ciñó la última pieza de la armadura de la cruzada y se aproximó al posadero ciego. Con sumo cuidado, posó la mano sobre su frente y abrió el códice de Anajinn. Comenzó a recitar en voz baja un pasaje diferente. Reiter pestañeó varias veces; movió la cabeza sin parar de un lado a otro. Sus ojos ya no eran blancos; sus pupilas habían vuelto a aparecer y miraban a su alrededor. La aprendiza suspiró—. Es todo cuanto puedo hacer. ¿Te encuentras bien?

Reiter miró directamente a Bea.

—No puedo... está... está todo muy borroso —dijo entrecerrando los ojos. Miró a la muchacha—. Gracias, Anajinn —dijo, aunque se notaba la indecisión en su voz. Bea advirtió que podía distinguir la forma de su armadura, pero poco más—. Tu voz suena distinta.

—Sí, supongo que sí —respondió ella.

El final de su viaje

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